La promesa del «Hub de las Américas» se desvaneció a las cinco de la mañana sobre una alfombra gris gastada. A nuestro alrededor, entre el laberinto de postes metálicos y cintas de Copa Airlines, decenas de pasajeros yacían desparramados en el piso, usando mochilas como almohadas y abrigos como mantas improvisadas. Nadie caminaba hacia una puerta de embarque; todos esperaban una respuesta que no llegaba.
Pocas horas antes, la postal era otra. Tras días de descanso en las playas de Puerto Plata celebrando nuestra luna de miel, mi esposa y yo abordamos el vuelo de las 12:40 con destino a Panamá, donde haríamos la conexión final hacia Córdoba. El viaje transcurría con la rutina impecable del Caribe hasta que, unos minutos antes del horario previsto de aterrizaje —en plena maniobra de descenso—, la voz del capitán irrumpió por los altoparlantes.
No era el anuncio habitual sobre la temperatura en destino. El piloto informó que un violento terremoto de magnitud superior a 7.0 acababa de sacudir Panamá, obligando al cierre inmediato del Aeropuerto Internacional de Tocumen y a la suspensión total de las operaciones aéreas. La aeronave viró en el aire y nos desviaron de emergencia a Barranquilla, Colombia, un punto de escape para más de una docena de aviones que quedaron orbitando el Caribe sin pista donde tocar suelo.
En el aeropuerto colombiano comenzó la primera fase de la espera. Fueron casi seis horas en tierra entre la incertidumbre, la falta de información precisa y los trámites de reabastecimiento de combustible. Finalmente, cerca del anochecer, llegó la luz verde para volar a Panamá. La ilusión del pasaje era que el gran nudo logístico ya se había desatado.
Fue un espejismo. Al aterrizar en Tocumen pasadas las 22:00, nos encontramos con un aeropuerto en estado de parálisis técnica. Aunque las autoridades nacionales anunciaban la reanudación de vuelos, en los pasillos de la terminal la realidad era muy distinta: la acumulación masiva de vuelos desviados provocó un efecto dominó insostenible. La página web oficial estaba caída, la aplicación móvil congelada y las colas para consultas en los mostradores superaban el kilómetro de largo, atendidas apenas por un agente desbordado.
El momento más amargo y paradójico ocurrió cerca de la medianoche. Tras fijarse una nueva hora de partida para nuestro vuelo a Córdoba, vimos llegar a la tripulación: el piloto, el copiloto y un asistente subieron a la aeronave. El pasaje estalló en suspiros de alivio; la espera parecía terminar. Pero dos horas después, la ilusión se desmoronó cuando la misma tripulación volvió a bajar por la manga, con los bolsos en la mano y la cabeza gacha. El tiempo límite de servicio permitido por las normas internacionales de aviación se les había vencido en la propia cabina mientras esperaban la autorización de pista. Sin relevos en tierra, el avión quedó oficialmente inoperativo.
Sin información oficial, sin vouchers de hospedaje ni certezas sobre el equipaje en bodega, la madrugada transformó la moderna terminal de tránsito en un campamento de sobrevivientes del desajuste operativo. Parejas, familias con niños y viajeros en tránsito se acomodaron como pudieron en el suelo frío.
A las 5:00 de la mañana, mientras los primeros destellos del amanecer filtraban la luz sobre la arquitectura de vidrio de Tocumen, el aeropuerto recuperaba lentamente el ruido de los motores en pista. Sin embargo, en el interior, cientos de pasajeros continuaban atrapados en una vigilia amarga, descubriendo que un sismo en el Pacífico no solo sacude la tierra, sino que deja al descubierto la fragilidad del mayor centro de conexiones de la región.
Fuente: Rafaela Noticias







