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“Dejemos que la Virgen nos mire”: el mensaje de Monseñor Pedro Torres en la fiesta patronal de Guadalupe

En un templo colmado y con fieles también en el exterior, Monseñor Pedro Torres presidió la misa patronal de Nuestra Señora de Guadalupe y destacó la ternura de la mirada de María, su presencia maternal y la esperanza que no defrauda.

15/12/2025
“Dejemos que la Virgen nos mire”: el mensaje de Monseñor Pedro Torres en la fiesta patronal de Guadalupe
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En el marco de la fiesta patronal de Nuestra Señora de Guadalupe, Monseñor Pedro Torres presidió la misa en un templo colmado, que rebalsaba de fieles y con numerosas personas siguiendo la celebración desde el exterior. La jornada estuvo atravesada por un clima de profunda devoción, marcado además por un gesto especial: la presencia de la imagen de la virgen peregrina, que durante el Año de la Esperanza recorrió comunidades de toda la diócesis.

Durante su homilía, el obispo invitó a la asamblea a detenerse en la experiencia de sentirse mirados por María. Partiendo del Magníficat —“mi alma canta la grandeza del Señor”—, destacó que Dios miró la pequeñez de su servidora y que esa misma mirada amorosa sigue hoy posándose sobre cada comunidad y cada persona.

“He venido a que la Virgen me mire a mí”

Monseñor Torres compartió una anécdota escuchada ese mismo día, protagonizada por un sacerdote que confesaba en el santuario de Guadalupe. Una mujer mayor, ciega, permanecía cerca del confesionario sin acercarse. Cuando el sacerdote le preguntó si quería confesarse o ver a la Virgen, ella respondió con sencillez: “He venido a que la Virgen me mire a mí”.

“El testimonio es precioso”, expresó el obispo, subrayando que María es la que nos mira, la que supo dejarse mirar por Dios en su pequeñez y comprender que “el mirar de Dios es amar”. En esa línea, propuso un momento de silencio para que cada fiel pudiera, en lo profundo del corazón, decirle a María: “Mirá mis alegrías, mis dolores, mis cansancios y mi esperanza”.

María, la que se da cuenta y pone en movimiento

Al evocar el pasaje de las bodas de Caná, Monseñor Torres recordó que María fue la primera en advertir que faltaba el vino de la alegría y que, con discreción y ternura, puso en movimiento incluso a Jesús. “Ella nos mira y nos dice: hagan lo que Él les diga”, afirmó.

A partir de la Palabra proclamada, el obispo reflexionó sobre la actitud del rey Ajaz, quien ante la amenaza prefería negociar soluciones humanas antes que confiar plenamente en Dios. “¿Cuántas veces también nosotros, en los momentos difíciles, queremos resolver todo solos, negociar, indicarle a Dios lo que tiene que hacer?”, se preguntó, invitando a dejarse conducir por el Señor.

Juan Diego y la mirada que vence resistencias

Otro momento central de la homilía fue la referencia al diálogo entre la Virgen de Guadalupe y Juan Diego. Monseñor Torres destacó la ternura con la que María lo llama y lo busca, aun cuando él intenta esquivarla por la preocupación por su tío. “María vence nuestras resistencias con una mirada llena de ternura”, afirmó, remarcando que esa es también la manera de obrar de Dios en el Nuevo Testamento.

Una Iglesia que se deja llevar por María

El obispo resaltó el significado pastoral de la imagen peregrina, que recorrió rincones inesperados de la diócesis: lugares de trabajo, campos y fábricas. “No fui yo, ella me llevó”, relató citando a un sacerdote, para subrayar que María sigue obrando y buscando a sus hijos.

En Guadalupe, dijo, vuelve a resonar la pregunta maternal: “¿Por qué te inquietás tanto? ¿Acaso no soy tu madre?”. Y desde allí, llamó a reconocerse enviados, misioneros, constructores de una casa interior donde habite Dios. “Somos templos desde el bautismo, pero tenemos que descubrirlo”, insistió.

Esperanza que no defrauda

Hacia el final, Monseñor Pedro Torres invitó a dejarse empapar por la ternura de Belén y la alegría de la Navidad que se aproxima, en un mundo atravesado por la violencia, la guerra y la injusticia. Recordó que Jesús es nuestra esperanza y que “la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo”.

La celebración patronal de Nuestra Señora de Guadalupe volvió a reunir a una comunidad numerosa y viva, que bajo el manto de María renovó su fe, su esperanza y su compromiso de vivir y anunciar el amor de Dios.

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