El debate por el límite agronómico de Rafaela sumó este miércoles una nueva mirada. El médico y docente de la Universidad Nacional de Rosario, Damián Verzeñassi, participó de una presentación ante el Concejo Municipal en el marco de la ronda de consultas que llevan adelante los concejales antes de definir cómo continuará la regulación sobre la aplicación de productos fitosanitarios en cercanías del área urbana.
La discusión se da luego de una resolución judicial que cuestionó parcialmente la normativa vigente y mientras el Concejo analiza si mantiene el límite actual de 200 metros o establece una distancia mayor.
Durante su exposición, Verzeñassi planteó que las decisiones vinculadas al uso de sustancias químicas deben ser analizadas desde una perspectiva sanitaria y ambiental y advirtió sobre los efectos que, según sostuvo, pueden producir las exposiciones a estos productos.
“Las decisiones también construyen procesos malsanos o protectores”
El especialista comenzó su exposición hablando de lo que denominó los “orígenes del desarrollo de la salud y la enfermedad”. Explicó que determinados problemas de salud pueden comenzar a gestarse durante las primeras etapas de la vida y que en ese proceso intervienen factores nutricionales, ambientales, tóxicos y de estrés, además de mecanismos epigenéticos.
En ese sentido, puso el foco directamente en quienes tienen responsabilidades a la hora de tomar decisiones públicas.
“Cuando uno tiene responsabilidad pública, responsabilidad de tomar decisiones, ya sea en un ámbito legislativo, ejecutivo o en un consultorio, tiene que tener claro que con esas decisiones también está aportando a la construcción o de procesos malsanos o de procesos protectores”, sostuvo.
A partir de allí se refirió al modelo productivo basado en el uso de sustancias químicas.
“Estamos charlando sobre cómo impacta un modelo que se basa fundamentalmente en el uso de sustancias químicas que tienen como objetivo eliminar vida”, afirmó. Y agregó que muchas de las especies sobre las que actúan esos productos comparten una parte importante de su carga genética con los seres humanos.
“Pensar que la liberación de sustancias químicas que van a interferir en los ciclos vitales de otras especies con las que compartimos semejante carga genética no va a tener ningún impacto en nuestras vidas es, como mínimo, un poco arriesgado”, señaló.
Para Verzeñassi, negar esa posibilidad implica desconocer la propia biología.
“Podemos decir ya, en términos académicos, que es un proceso de negación de la propia biología, una negación de la realidad”, sostuvo.
El médico también hizo referencia a distintos documentos científicos que, según explicó, reúnen evidencia sobre los posibles impactos de los productos utilizados en la actividad agropecuaria. Entre ellos mencionó un dossier de la Asociación Brasileña de Salud Colectiva, un trabajo que elaboró junto al médico Alejandro Balini sobre los productos utilizados en la región y un informe del especialista Horacio Beldoménico sobre plaguicidas, alimentos, ambiente y salud.
En ese punto planteó otro de los argumentos centrales de su exposición: la cantidad de sustancias químicas existentes y el grado de conocimiento que existe sobre sus posibles efectos.
Según los datos que presentó, existen más de 100.000 sustancias químicas liberadas en el mercado a nivel global. De ellas, sostuvo, 22.600 son utilizadas en cantidades superiores a una tonelada anual y 4.700 superan las 100 toneladas.
Pero, de acuerdo con las cifras expuestas por el especialista, solamente unas 500 estarían completamente descriptas respecto de sus peligros y posibles daños por exposición. Otras 10.000 tendrían información parcial, unas 20.000 contarían con datos limitados y más de 70.000 prácticamente no tendrían información suficiente sobre sus peligros.
“Más de 70.000 de las que prácticamente no sabemos nada, pero aun así han sido liberadas y están autorizadas para su uso a nivel planetario en algún lugar”, afirmó.
“Yo digo agrotóxicos porque lo dice la Real Academia Española”
Uno de los momentos particulares de la exposición se produjo cuando Verzeñassi explicó por qué utiliza deliberadamente el término “agrotóxicos”, en lugar de otras denominaciones habituales como fitosanitarios o plaguicidas.
“Digo rápidamente esto para despejar dudas desde el principio. Yo digo agrotóxicos porque lo dice la Real Academia Española, que habla de un producto químico que se utiliza para combatir plagas en la agricultura y tiene efecto nocivo para la salud”, sostuvo.
Además, citó el Diccionario del Agro Iberoamericano, en su edición de 2022, que —según explicó— define a los agrotóxicos como sustancias o mezclas químicas utilizadas para prevenir, controlar o eliminar seres vivos y que, por su persistencia en suelo, agua, aire y alimentos y sus efectos sobre la salud humana y no humana, constituyen una cuestión de salud pública, comunitaria y ambiental.
“Esto no está dicho por nosotros, está dicho por el Diccionario del Agro Iberoamericano”, remarcó.
Luego mencionó algunos de los productos utilizados en la agroindustria, entre ellos glifosato, 2,4-D, atrazina y clorpirifos.
Verzeñassi sostuvo que para analizar los posibles efectos de estos productos no alcanza con observar únicamente la dosis.
“La toxicidad tiene que ver con la dosis, con la vía de exposición, la duración de la exposición, la susceptibilidad individual, pero tratándose fundamentalmente de productos de origen sintético también tenemos que tener en cuenta las propiedades químicas y físicas, las características biológicas de los impactos que se generan y los mecanismos de acción que utilizan estos productos”, explicó.
También cuestionó que las sustancias sean estudiadas solamente de manera individual, cuando en la práctica pueden utilizarse distintas sustancias al mismo tiempo.
“Estamos expuestos a los cócteles químicos”, afirmó.
Como ejemplo mencionó al glifosato y las formulaciones comerciales que, además del principio activo, contienen otras sustancias.
“Cuando yo analizo ese producto individualmente en cuanto a sus componentes, estoy faltando a la verdad, o al menos omitiendo un proceso clave para poder entender el impacto final de ese producto, que es qué pasa con esa mezcla”, sostuvo.
Según explicó, las interacciones entre diferentes sustancias pueden generar efectos que no necesariamente son previsibles a partir del análisis de cada componente por separado.
Otro de los ejes de su exposición estuvo relacionado con los disruptores endócrinos y la posibilidad de que determinados productos interfieran en el funcionamiento hormonal.
“Uno puede tener a dosis muy, muy bajas, daños muy graves desde el punto de vista de la disrupción endócrina”, señaló.
Para el especialista, esto obliga a revisar la forma tradicional de evaluar el riesgo de las sustancias, porque una exposición de baja intensidad no necesariamente implica ausencia de efectos.
También sostuvo que las primeras etapas de la vida representan períodos de especial vulnerabilidad.
“En las primeras etapas de nuestra vida es cuando tenemos mayor susceptibilidad”, explicó, y planteó que determinadas exposiciones durante el desarrollo pueden predisponer a problemas de salud durante la vida adulta.
A lo largo de la presentación mostró diferentes investigaciones que, según explicó, relacionan la exposición a distintos agrotóxicos con alteraciones endócrinas, daños neurológicos, modificaciones del sistema inmunológico, problemas en la salud reproductiva y alteraciones genéticas.
Entre los productos analizados mencionó especialmente al glifosato y al 2,4-D. También citó investigaciones sobre clorpirifos y otros compuestos.
Respecto del glifosato, mencionó trabajos sobre posibles efectos neurológicos, alteraciones del microbioma, modificaciones del sistema inmunológico y daños epigenéticos. También hizo referencia a estudios sobre exposición durante las primeras etapas de la vida y posibles efectos sobre el desarrollo.
En relación con el cáncer, presentó un trabajo realizado sobre comunidades expuestas a pulverizaciones y sostuvo que, según los resultados de esa investigación, las personas de entre 15 y 45 años expuestas en esas comunidades tenían 2,5 veces más posibilidades de morir por cáncer.
“No nos estamos muriendo de cáncer por viejos, nos estamos muriendo de cáncer por jóvenes, por estar expuestos a este tipo de sustancias”, afirmó.
Según explicó, el estudio también registró una mayor incidencia de tumores de mama, colon, pulmón y útero.
El especialista también presentó investigaciones vinculadas con la exposición prenatal, la presencia de pesticidas en sangre de cordón umbilical, daños genotóxicos y citotóxicos, alteraciones en el ADN y posibles efectos sobre el embarazo.
En ese tramo mencionó un trabajo realizado por su equipo sobre abortos espontáneos e hipotiroidismo en determinadas comunidades. Según los datos que expuso, entre 1996 y 2018 los abortos espontáneos durante el primer trimestre pasaron del 3,1% al 14,3% en las poblaciones analizadas.
Verzeñassi vinculó esos datos con la mayor vulnerabilidad del primer trimestre del embarazo frente a agentes externos y con los efectos que, según explicó, pueden producir determinados disruptores endócrinos.
También dedicó parte de su exposición a los estudios de genotoxicidad. Explicó que los ensayos de micronúcleos y de cometa permiten detectar daños en la estructura genética de las células y mencionó diferentes investigaciones realizadas desde 2003 en adelante.
“No hay duda científica respecto del daño de estos productos”, afirmó.
El punto que impacta directamente en los 200 metros
Sobre el final de su exposición, Verzeñassi cuestionó además el argumento de que el problema pueda resolverse exclusivamente mediante las denominadas buenas prácticas de aplicación.
“Nos dicen que necesitamos buenas prácticas porque el responsable de que la química sea química y no respete los límites físicos artificiales que los seres humanos planteamos en otros campos es un problema de la molécula o del que más la usa”, planteó.
Para el médico, trasladar la discusión exclusivamente al modo de aplicación implica dejar de lado las características propias de las sustancias.
“Le damos la responsabilidad al que usa y no al que permite que se utilice un producto que es citotóxico, un producto que es disruptor endocrino, que no se puede controlar y que ya sabemos por distintos estudios científicos que es capaz de volatilizarse”, sostuvo.
Como antecedente, recordó un estudio realizado en Santa Fe a partir de las restricciones a las aplicaciones en San Jorge. Según explicó, aquella investigación registró una disminución de afecciones respiratorias y de la piel luego de limitar la exposición de la población a este tipo de sustancias.
“¿Qué dice la ciencia? La ciencia habla de cuáles son los métodos para liberar el territorio de estos productos químico-biocidas”, afirmó.
Y allí llegó al dato que directamente pone en discusión la distancia actualmente contemplada por Rafaela.
Verzeñassi mencionó un estudio de 2015 que, según explicó, detectó diferencias significativas a 1.095 metros, y otro trabajo realizado en Paraguay en 2017 que registró diferencias significativas a 1.000 metros.
“1.095 metros debería tomarse en cuenta como dato porque es el dato que marca una diferencia clara y significativa en la exposición y el daño”, sostuvo.
Finalmente, volvió a poner el foco en la cantidad de investigaciones disponibles sobre los efectos de estos productos y cuestionó que, pese a la existencia de estudios de distintas épocas, el debate continúe centrado en los límites de aplicación.
Fuente: Rafaela Noticias





