El minuto 81 dejó de ser una referencia del reloj para convertirse en un estado de ánimo. Una frontera invisible entre la ilusión y el derrumbe. Un territorio donde la memoria siempre llega antes que la pelota.
Ahí vive el cabezazo de Dick Nanninga en 1978, cuando la primera estrella parecía escaparse a diez minutos del final. Ahí también espera Rudi Völler, en México ’86, sembrando incertidumbre antes de que la gloria abrazara a Diego. Ahí duele todavía el penal de Andreas Brehme en Italia ’90, cuando el sueño se apagó a nueve minutos del cierre.
Y, por supuesto, ahí permanece congelado Qatar 2022.
El minuto 81.
Kylian Mbappé convirtiendo el descuento que abrió una herida que parecía imposible de cerrar. Dos minutos después llegaría el empate. Después el alargue. Después los penales. Después el Dibu. Después la tercera estrella. Pero el miedo ya había vuelto a sentarse en la mesa de todos los argentinos.
Fue entonces cuando el periodista y creador de contenido Octavio Gencarelli encontró una frase que terminó explicando mucho más que una final del mundo.
«Trabajemos ahí, en el minuto 81.»
No hablaba de fútbol. O, mejor dicho, hablaba del fútbol como hablan los poetas: usando una pelota para describir la vida.
Porque el minuto 81 es ese lugar donde aparecen todos los fantasmas al mismo tiempo. Donde la historia golpea la puerta para preguntar si esta vez también vamos a caernos.
Este martes 7 de julio, frente a Egipto, el reloj volvió a señalar ese rincón maldito.
Argentina perdía 2-0. Messi había fallado un penal. La eliminación dejaba de ser una posibilidad para transformarse en una realidad que empezaba a doler.
Y entonces ocurrió algo distinto.
Esta vez el minuto 81 no vino a recordar derrotas.
Vino a escribir una revancha.
A los 79 minutos apareció Cristian «Cuti» Romero para descontar. Cuatro minutos después, entre medio del minuto 81, Lionel Messi encontró el empate. Y cuando parecía que el reloj ya no tenía más historias para regalar, Enzo Fernández apareció de cabeza en el tiempo de descuento para completar una remontada que hace apenas unos minutos parecía imposible.
Tal vez Egipto se quedó inmóvil como las Pirámides de Guiza. Tal vez ningún faraón pudo detener esa ola celeste y blanca que avanzó con más fe que fútbol. Porque sí, la Selección volvió a dejar dudas. Volvió a jugar por momentos lejos de su mejor versión. Volvió a obligarnos a mirar el reloj con el corazón en la garganta.
Pero también volvió a demostrar algo que este equipo aprendió hace tiempo.
Que hay minutos que no están escritos para sufrirlos.
Están escritos para transformarlos.
Quizá por eso la frase de Gencarelli hoy resuena diferente.
«No hay que naturalizar sufrir tanto y las casualidades no existen.»
Tal vez tenía razón.
Porque el minuto 81 nunca fue una condena.
Era una prueba.
Y esta Selección, después de tantos años conviviendo con sus fantasmas, finalmente aprendió que también se puede vencer al tiempo.
La próxima vez, cuando el reloj vuelva a detenerse en ese número que ya forma parte de nuestra memoria, nadie sabrá qué historia estará por escribirse.
La ilusión sigue intacta, selección.





