El nivel de endeudamiento de las familias argentinas atraviesa un momento crítico, con indicadores que muestran un deterioro acelerado en la capacidad de pago y un crecimiento sostenido de la morosidad. Los últimos datos del sistema financiero reflejan que, en apenas un año, los atrasos en tarjetas de crédito se multiplicaron casi por cinco, al pasar de 2,4% a 11,6%, mientras que en los préstamos personales el salto fue de 3,7% a 13,8%. También se registraron subas en los créditos prendarios, que pasaron del 3,5% al 6,8%, y en los hipotecarios, que aunque con menor intensidad, aumentaron cerca de un 50%.
Este escenario se traduce en un incremento marcado en la cantidad de personas endeudadas dentro del sistema formal: actualmente son 6,3 millones, más del doble que en julio de 2024, cuando se contabilizaban 2,9 millones. Sin embargo, la dimensión real del problema podría ser aún mayor, ya que existe un universo creciente de endeudamiento informal —vinculado a prestamistas o financieras no registradas— que no figura en los relevamientos oficiales y que podría representar hasta un 50% adicional.
La situación plantea una aparente contradicción: mientras algunos indicadores muestran una recuperación del consumo, cada vez más familias tienen dificultades para cumplir con sus obligaciones. La explicación está en la caída del ingreso disponible. Es decir, aunque el gasto se mantiene o incluso crece, en gran parte por el aumento de servicios esenciales, los salarios no alcanzan para cubrir el costo de vida. En ese contexto, el endeudamiento aparece como una herramienta para sostener el consumo cotidiano: primero a través de tarjetas o créditos bancarios y luego, cuando esas opciones se agotan, mediante circuitos informales.
Frente a este panorama, los bancos comenzaron a restringir el otorgamiento de nuevos préstamos, con el objetivo de frenar el avance de la morosidad. Esto, sin embargo, reduce el acceso al financiamiento formal y empuja aún más a los sectores más vulnerables hacia alternativas más costosas y riesgosas. En paralelo, surgieron algunas líneas de crédito para asistir a familias endeudadas, aunque con costos financieros elevados, que en algunos casos alcanzan el 110%, muy por encima del nivel actual de inflación.
Si bien las proyecciones indican que la inflación podría desacelerarse en los próximos meses y ubicarse por debajo del 3% mensual, ese alivio macroeconómico no necesariamente se traduce en una mejora concreta en el bolsillo. Los incrementos salariales continúan por detrás de los aumentos en gastos clave, como el transporte o los servicios, lo que genera que cualquier mejora nominal quede rápidamente absorbida.
En este contexto, el endeudamiento de los hogares se consolida como uno de los principales desafíos económicos actuales. La combinación de ingresos deteriorados, crédito restringido y expansión del financiamiento informal configura un escenario complejo, donde millones de familias dependen cada vez más de la deuda para sostener su vida cotidiana.








